En realidad desde la última llamada a urnas, y desde la anterior, y desde las otras previas, los que vemos el telediario regularmente sabemos que nuestros políticos están siempre en campaña. (Cabría preguntarse si alguna vez han pensado que cobran para resolver los problemas que a diario van surgiendo en la sociedad, tanto los de dentro de nuestro país como los que nos afectan allende nuestras fronteras).
Es sabido que después de esos teatros que montan con apariencias de enfado y trazas de ir a degüello unos contra otros, cuando los reporteros han guardado en la funda sus cámaras y objetivos, los muy enfadados se van juntos a tomar unas copichuelas contentos de haber cumplido con su trabajo, que no es otro que alimentar el morbo de sus seguidores.
Por eso, para mantener esa imagen, se pasan la legislatura insultándose unos a otros, mintiendo, desdiciéndose… (Eso en público, que después, con el gin-tonic en la mano se apresuran a disculparse de su intervención subida de tono para que el espectáculo tenga visos de realidad) ¡Y la de tonterías que dicen! Tantas como barbaridades. Y hay temporadas, como ahora que se acercan otra vez las votaciones, que parece que jueguen al yo más. Las propuestas parecen una subasta a la inversa. ¡Nosotros regalaremos el pan! – gritan unos. Pero los otros no se quedan mancos. ¡Nosotros regalaremos el jamón y el queso! A lo que los unos vuelven a contra ofertar con una entrada de cine gratis, y los otros, que no quieren ser menos echan la casa por la ventana y pasan a ofrecer la elección de la película. Y así se pasan los días. Claro que entre medias colocan alguna que otra puya, para que los seguidores de los unos y de los otros tengan un fondo para enzarzarse en acaloradas discusiones.
Naturalmente, tanto los unos como los otros, ponen el máximo calor en sus frases a sabiendas que sus seguidores son tontos, que es lo mismo que decir olvidadizos. Porque de todo lo que ofrecen, aseguran, garantizan y prometen durante los cuatro años de precampaña no piensan cumplir nada, y también saben que nadie les pedirá cuentas de todo aquello que ofrecieron, aseguraron, garantizaron y prometieron y no cumplieron.
Y lo más curioso será que todo lo que criticaron los unos de los otros y éstos de los unos, todo lo que se reprocharon mutuamente, será lo único que pondrán en práctica los que salgan con el mayor número de papeletas.
Y como también es sabido que así es como suceden las cosas, podrían ahorrarnos el bochorno de querer hacernos ver en estos últimos cuatro meses que se desviven por el pueblo.
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lunes, 19 de septiembre de 2011
domingo, 18 de septiembre de 2011
EGOCENTRISMO (Salvador Moret)
Las vacaciones tocaban a su fin. La vida en la ciudad retomaba la animación habitual, nada agradable, por cierto, con su ajetreo enloquecedor, los empujones, las colas, el ruido, el tráfico.
Florencio, que este año se había permitido alejarse durante tres meses de ese barullo, lamentó enseguida sus ansias de volver. Sí, porque cuando todavía le faltaba un mes para el regreso, ya estaba deseando volver. Se aburría, decía. Pero también se aburría antes de irse de vacaciones, por eso las planificó para pasar tres meses en otros parajes lejos de casa. Seguramente pensó que su visión del mundo, sus creencias, sus deseos y todo lo que se relacionaba con su persona y su sentir iban a cambiar por el simple hecho de cambiar de lugar.
Hacía dos semanas de su regreso y ya estaba añorando volver a marcharse.
Florencio, su proceder no dejaba lugar a dudas, era de esas personas que ven siempre la zanahoria al alcance de la mano pero nunca la alcanzan, porque cuando alargan el brazo la zanahoria se desplaza otro tanto.
Era el segundo verano tras su jubilación. El primer año, todavía entusiasmado con la de cosas que tenía que hacer, se quedó en casa. Creía que le faltaría tiempo para terminar todo lo que tenía pendiente de solucionar. Pero no fue así.
La jubilación le llegó en junio, y calculó que hasta Navidad no habría terminado con sus quehaceres. Se equivocó. A mediados de julio ya no sabía cómo emplear el tiempo, y ya metidos en agosto comenzó a aburrirse. Demasiado tarde para organizar un viaje de vacaciones – se dijo. Pero al mismo tiempo se planteó no repetir la experiencia al año siguiente.
Se iría todo el mes de agosto. Seguro que será suficiente – pensaba. Pero pasó el invierno aburridísimo, malhumorado, sin iniciativa para enfrentarse al mínimo reto y en abril comenzó a pensar que un mes de vacaciones sería poco. Y como seguía sin soportar la languidez de los días, cambió sus planes. Dos meses. Sí, se iría dos meses. En mayo ya no aguantaba más, así que decidió marcharse en junio. ¡Por fin! A Florencio le pareció que el inicio de las vacaciones era la misma felicidad.
Pero pronto comenzaron a hacérsele largos los días. También en vacaciones. Estaba decepcionado y deseando volver a su casa.
Y Florencio, que no tenía amigos, que apenas reía, que nunca se ocupaba de lo que no fuera su persona… se extrañaba de tener que vivir en ese ostracismo y sin alcanzar la tranquilidad espiritual.
Nadie le había dicho nunca que pensar en los demás ahuyenta los demonios interiores.
Florencio, que este año se había permitido alejarse durante tres meses de ese barullo, lamentó enseguida sus ansias de volver. Sí, porque cuando todavía le faltaba un mes para el regreso, ya estaba deseando volver. Se aburría, decía. Pero también se aburría antes de irse de vacaciones, por eso las planificó para pasar tres meses en otros parajes lejos de casa. Seguramente pensó que su visión del mundo, sus creencias, sus deseos y todo lo que se relacionaba con su persona y su sentir iban a cambiar por el simple hecho de cambiar de lugar.
Hacía dos semanas de su regreso y ya estaba añorando volver a marcharse.
Florencio, su proceder no dejaba lugar a dudas, era de esas personas que ven siempre la zanahoria al alcance de la mano pero nunca la alcanzan, porque cuando alargan el brazo la zanahoria se desplaza otro tanto.
Era el segundo verano tras su jubilación. El primer año, todavía entusiasmado con la de cosas que tenía que hacer, se quedó en casa. Creía que le faltaría tiempo para terminar todo lo que tenía pendiente de solucionar. Pero no fue así.
La jubilación le llegó en junio, y calculó que hasta Navidad no habría terminado con sus quehaceres. Se equivocó. A mediados de julio ya no sabía cómo emplear el tiempo, y ya metidos en agosto comenzó a aburrirse. Demasiado tarde para organizar un viaje de vacaciones – se dijo. Pero al mismo tiempo se planteó no repetir la experiencia al año siguiente.
Se iría todo el mes de agosto. Seguro que será suficiente – pensaba. Pero pasó el invierno aburridísimo, malhumorado, sin iniciativa para enfrentarse al mínimo reto y en abril comenzó a pensar que un mes de vacaciones sería poco. Y como seguía sin soportar la languidez de los días, cambió sus planes. Dos meses. Sí, se iría dos meses. En mayo ya no aguantaba más, así que decidió marcharse en junio. ¡Por fin! A Florencio le pareció que el inicio de las vacaciones era la misma felicidad.
Pero pronto comenzaron a hacérsele largos los días. También en vacaciones. Estaba decepcionado y deseando volver a su casa.
Y Florencio, que no tenía amigos, que apenas reía, que nunca se ocupaba de lo que no fuera su persona… se extrañaba de tener que vivir en ese ostracismo y sin alcanzar la tranquilidad espiritual.
Nadie le había dicho nunca que pensar en los demás ahuyenta los demonios interiores.
sábado, 10 de septiembre de 2011
LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA (Salvador Moret)
Todavía los hay que comparan la doctrina comunista con la doctrina cristiana. Pero no tanto como en otras épocas, cuando era la comidilla de cada día. Era una teoría que pretendía equiparar los principios de las dos doctrinas, siempre perfectas, hay que reconocer. Las doctrinas, claro.
Pero como todas las modas tienen sus ciclos a aquella también le llegó la decadencia, y ahora a excepción de algún nostálgico, casi nadie habla de ello.
Es posible, no obstante, que si no se habla más de ese tema sea también porque muchos de aquellos que propagaban la equiparación, les conviene más callar.
Porque muchos de la pancarta y contra los ricos de entonces, que con el paso de los años han acumulado bienes y viven a cuerpo de rey en una gran mansión en la ciudad, poseen otra en la costa, otra más en el bosque, varios coches de alta gama, algún yate de muchos metros, y algunas joyas más que saltan menos a la vista, es comprensible que por tradición sigan declarándose de pensamiento comunista, pero por vergüenza procuren alejarse de esos círculos, o al menos, no aparecer demasiado en público.
Para aquellos que piensan un poco y no se dejan llevar por la pasión ciega, estos personajes son la decepción, porque con su proceder confirman que no existen ideologías puras, sino envidia y rencor hacia los que tienen lo que también a ellos les gustaría tener.
Por lo tanto, queda meridianamente claro que una cosa el la teoría y otra muy distinta la práctica.
Sucede otro tanto con la doctrina cristiana. Es muy fácil llamarse creyente, buen cristiano, católico practicante, y cosas así. Pero si los ejemplos no acompañan a las palabras y lo que esa gente lo que muestra en realidad es la avaricia, el egoísmo, la acumulación de bienes, y como resultado las obras de caridad que practican se limitan a repartir alguna que otra migaja de lo que les sobra, no será extraño que nadie crea lo que dicen.
Irremisiblemente, estos personajes son la gran decepción de los humildes.
Tal vez sea cierto aquello que se dice de que los extremos se tocan.
Pero como todas las modas tienen sus ciclos a aquella también le llegó la decadencia, y ahora a excepción de algún nostálgico, casi nadie habla de ello.
Es posible, no obstante, que si no se habla más de ese tema sea también porque muchos de aquellos que propagaban la equiparación, les conviene más callar.
Porque muchos de la pancarta y contra los ricos de entonces, que con el paso de los años han acumulado bienes y viven a cuerpo de rey en una gran mansión en la ciudad, poseen otra en la costa, otra más en el bosque, varios coches de alta gama, algún yate de muchos metros, y algunas joyas más que saltan menos a la vista, es comprensible que por tradición sigan declarándose de pensamiento comunista, pero por vergüenza procuren alejarse de esos círculos, o al menos, no aparecer demasiado en público.
Para aquellos que piensan un poco y no se dejan llevar por la pasión ciega, estos personajes son la decepción, porque con su proceder confirman que no existen ideologías puras, sino envidia y rencor hacia los que tienen lo que también a ellos les gustaría tener.
Por lo tanto, queda meridianamente claro que una cosa el la teoría y otra muy distinta la práctica.
Sucede otro tanto con la doctrina cristiana. Es muy fácil llamarse creyente, buen cristiano, católico practicante, y cosas así. Pero si los ejemplos no acompañan a las palabras y lo que esa gente lo que muestra en realidad es la avaricia, el egoísmo, la acumulación de bienes, y como resultado las obras de caridad que practican se limitan a repartir alguna que otra migaja de lo que les sobra, no será extraño que nadie crea lo que dicen.
Irremisiblemente, estos personajes son la gran decepción de los humildes.
Tal vez sea cierto aquello que se dice de que los extremos se tocan.
jueves, 1 de septiembre de 2011
LOS FONDOS MONETARIOS (Salvador Moret)
Se oyen estos días muchas voces reivindicando nuestra autonomía. Que qué es eso de que nos marquen el paso desde Alemania.
Y curiosamente, a quienes más se les oye son a aquellos a quien España y quien la fundara les trae al pairo.
Hemos estado más de veinte años construyendo vías de comunicación de la más diversa condición por todo el país: carreteras, autopistas, ferrocarril. También hemos adecentado la gran mayoría de nuestras ciudades, y también hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades durante todo ese tiempo.
Y mientras tanto pocos se preguntaban cómo era posible el milagro. Que es lo que suele suceder cuando las cosas van bien, que nadie pregunte quién paga la ronda.
Pero, claro, nada es eterno, y el maná comenzó a menguar sin que nadie quisiera aceptarlo. Era más práctico mirar hacia otro lado y seguir viviendo a cuerpo de rey… aunque no fuera para todos por igual.
Y ahora vienen los acreedores y nos enseñan las facturas, que naturalmente nos cuesta aceptar. Y cuestión coincidente en todos los morosos: nos hacemos los remolones y buscamos las excusas propias del mal pagador.
Con eso creemos que engañamos a alguien, y resulta que los únicos engañados somos nosotros mismos, porque los acreedores siguen llamando a nuestras puertas, cada vez apretando un poco más las tuercas, hasta que se ponen exigentes, los muy avaros.
¡Y hasta ahí podríamos llegar!
¡Que se metan es su casa! – gritan unos. ¡Somos un pueblo soberano y nadie tiene por qué decirnos lo que tenemos que hacer! – vociferan otros.
Eso sería justo si no estuviéramos en deuda.
¿Deuda de qué?
De los miles de millones que han estado bombeando durante más de veinte años para que nosotros construyéramos ese AVE, esas autopistas, esa puesta a punto de nuestras ciudades, ese crecimiento que creíamos inacabable…
¡Ah, que usted creía que eso era obra del Espíritu Santo! ¡Vaya por Dios! Pues, no. No era el Espíritu Santo como tampoco fueron nuestros gobiernos los que llevaron a cabo el auge de los últimos veinte años. Éstos recibían el dinero y nos hacían creer que eran ellos los que hacían el milagro. Y nosotros lerdos que somos, creíamos que así era, que teníamos unos gobernantes muy capaces.
Y así habríamos seguido, en la inopia o mirando hacia otro lado si no nos hubiera sorprendido la crisis que nos ha hundido el chiringuito.
Y ya se sabe, donde no hay harina todo es mohína.
Y curiosamente, a quienes más se les oye son a aquellos a quien España y quien la fundara les trae al pairo.
Hemos estado más de veinte años construyendo vías de comunicación de la más diversa condición por todo el país: carreteras, autopistas, ferrocarril. También hemos adecentado la gran mayoría de nuestras ciudades, y también hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades durante todo ese tiempo.
Y mientras tanto pocos se preguntaban cómo era posible el milagro. Que es lo que suele suceder cuando las cosas van bien, que nadie pregunte quién paga la ronda.
Pero, claro, nada es eterno, y el maná comenzó a menguar sin que nadie quisiera aceptarlo. Era más práctico mirar hacia otro lado y seguir viviendo a cuerpo de rey… aunque no fuera para todos por igual.
Y ahora vienen los acreedores y nos enseñan las facturas, que naturalmente nos cuesta aceptar. Y cuestión coincidente en todos los morosos: nos hacemos los remolones y buscamos las excusas propias del mal pagador.
Con eso creemos que engañamos a alguien, y resulta que los únicos engañados somos nosotros mismos, porque los acreedores siguen llamando a nuestras puertas, cada vez apretando un poco más las tuercas, hasta que se ponen exigentes, los muy avaros.
¡Y hasta ahí podríamos llegar!
¡Que se metan es su casa! – gritan unos. ¡Somos un pueblo soberano y nadie tiene por qué decirnos lo que tenemos que hacer! – vociferan otros.
Eso sería justo si no estuviéramos en deuda.
¿Deuda de qué?
De los miles de millones que han estado bombeando durante más de veinte años para que nosotros construyéramos ese AVE, esas autopistas, esa puesta a punto de nuestras ciudades, ese crecimiento que creíamos inacabable…
¡Ah, que usted creía que eso era obra del Espíritu Santo! ¡Vaya por Dios! Pues, no. No era el Espíritu Santo como tampoco fueron nuestros gobiernos los que llevaron a cabo el auge de los últimos veinte años. Éstos recibían el dinero y nos hacían creer que eran ellos los que hacían el milagro. Y nosotros lerdos que somos, creíamos que así era, que teníamos unos gobernantes muy capaces.
Y así habríamos seguido, en la inopia o mirando hacia otro lado si no nos hubiera sorprendido la crisis que nos ha hundido el chiringuito.
Y ya se sabe, donde no hay harina todo es mohína.
martes, 16 de agosto de 2011
EL PEREZOSO
Sonó el despertador a las seis y media, como cada día, y sin abrir los ojos y con gesto de fastidio, Lorenzo alargó el brazo y apretó el botón. El tintineo dejó de sonar.
Tenía tiempo hasta las siete, por eso ahora comenzaba la mejor media hora del día. A Lorenzo le gustaba recrearse unos minutos antes de levantarse. Decía que era la puesta a punto que le permitía tomar fuerza para después poder enfrentarse al día con arrojo.
Y dejaba vagar su imaginación en las más variopintas direcciones, saboreando los minutos que todavía le quedaban hasta la hora de levantarse. A veces se quedaba a duermevela y se despertaba pasadas las siete. En esas ocasiones el día comenzaba trastocado, y el grado de mal humor dependía de los minutos excedidos de las siete.
Pero quedarse adormecido no era el único motivo de sus retrasos, ni mucho menos, éste era el que menos. El que más era que cuantos menos minutos quedaban para las siete, hora límite para no llegar tarde al trabajo, mayor era el apego a las sábanas, y entonces hacía sus cálculos: me quedo quince minutos más en la cama y en vez de ir en el metro, hoy tomaré el coche.
Y tranquilizado, se dispuso a soñar aventuras quince minutos más.
Siete horas y quince minutos, y Lorenzo hacía intención de levantarse. Pero, ¡qué penoso era eso! Y dándose nuevamente la vuelta, deliberaba: ¿por qué levantarme cuando puedo tomar un taxi? ¡Y es que se está tan bien en la cama! Y se envolvía otra vez con las sábanas. Sí, hoy tomaré un taxi y los quince minutos que tardo en buscar aparcamiento mejor pasarlos en la cama.
Y tranquilizado de nuevo, pasó a soñar aventuras otros quince minutos.
Pero el tiempo es implacable. El reloj cumple el minuto, y a continuación comienza el siguiente, y a continuación el siguiente, y así uno detrás de otro, lentamente, pero sin pausa, llueva, haga calor o haga frío. Y a Lorenzo le vencieron los últimos quince minutos. Qué castigo.
Sin embargo, él no estaba hoy por la labor. La cama era su remanso de paz, donde se sentía más a gusto, y protegido, y como durante esta semana todavía no había faltado al trabajo, optó por no ir hoy. Llamaría y se excusaría con un fuerte dolor de cabeza.
Lorenzo de quedó dudando. ¿Dolor de cabeza…? Sí, creo que la semana pasada dije que me dolía el pecho… la anterior que tenía cita con el medico… la anterior que tuve que ir a un entierro… Sí, lo del dolor de cabeza esta bien, que ya hace mucho tiempo que no me duele.
Y Lorenzo se quedó todo el día en la cama recreándose en sus aventuras imaginarias.
Tenía tiempo hasta las siete, por eso ahora comenzaba la mejor media hora del día. A Lorenzo le gustaba recrearse unos minutos antes de levantarse. Decía que era la puesta a punto que le permitía tomar fuerza para después poder enfrentarse al día con arrojo.
Y dejaba vagar su imaginación en las más variopintas direcciones, saboreando los minutos que todavía le quedaban hasta la hora de levantarse. A veces se quedaba a duermevela y se despertaba pasadas las siete. En esas ocasiones el día comenzaba trastocado, y el grado de mal humor dependía de los minutos excedidos de las siete.
Pero quedarse adormecido no era el único motivo de sus retrasos, ni mucho menos, éste era el que menos. El que más era que cuantos menos minutos quedaban para las siete, hora límite para no llegar tarde al trabajo, mayor era el apego a las sábanas, y entonces hacía sus cálculos: me quedo quince minutos más en la cama y en vez de ir en el metro, hoy tomaré el coche.
Y tranquilizado, se dispuso a soñar aventuras quince minutos más.
Siete horas y quince minutos, y Lorenzo hacía intención de levantarse. Pero, ¡qué penoso era eso! Y dándose nuevamente la vuelta, deliberaba: ¿por qué levantarme cuando puedo tomar un taxi? ¡Y es que se está tan bien en la cama! Y se envolvía otra vez con las sábanas. Sí, hoy tomaré un taxi y los quince minutos que tardo en buscar aparcamiento mejor pasarlos en la cama.
Y tranquilizado de nuevo, pasó a soñar aventuras otros quince minutos.
Pero el tiempo es implacable. El reloj cumple el minuto, y a continuación comienza el siguiente, y a continuación el siguiente, y así uno detrás de otro, lentamente, pero sin pausa, llueva, haga calor o haga frío. Y a Lorenzo le vencieron los últimos quince minutos. Qué castigo.
Sin embargo, él no estaba hoy por la labor. La cama era su remanso de paz, donde se sentía más a gusto, y protegido, y como durante esta semana todavía no había faltado al trabajo, optó por no ir hoy. Llamaría y se excusaría con un fuerte dolor de cabeza.
Lorenzo de quedó dudando. ¿Dolor de cabeza…? Sí, creo que la semana pasada dije que me dolía el pecho… la anterior que tenía cita con el medico… la anterior que tuve que ir a un entierro… Sí, lo del dolor de cabeza esta bien, que ya hace mucho tiempo que no me duele.
Y Lorenzo se quedó todo el día en la cama recreándose en sus aventuras imaginarias.
miércoles, 10 de agosto de 2011
EL PAPA EN MADRID
Todavía no ha llegado, pero falta poco. El tiempo justo para que todos aquellos que quieren mantenerse en la cresta de la corriente actual se preparen para su recibimiento, que no es otro que poner trabas e inconvenientes para que quede constancia y el mundo entero sepa que aquí disfrutamos de libertad.
Los sindicatos ya han anunciado huelga en el metro – sin esclarecer muy bien el motivo de la queja, aunque todos lo conozcamos. Han anunciado también huelga del personal de tierra en el aeropuerto.
Poder discrepar, no importen los métodos a emplear, es signo de libertad.
Dos sectores clave para que los trescientos mil, ochocientos mil o tres millones de seguidores que durante la visita del Papa llegarán a Madrid encuentren ya en los primeros contactos dificultades, y posteriormente el máximo de apuros para sus desplazamientos por la capital.
¿A quién se quiere incordiar tomando estas medidas? ¿Al Papa o a sus seguidores? ¿A ambos? ¡Ah! que se quiere dejar constancia de que aquí disfrutamos de libertad. Vale.
¿Habrán pensado los profesionales de la zancadilla en la imagen que esos visitantes se llevarán de Madrid? ¿Habrán tenido en cuenta el dinero que esos mismos visitantes podrían dejar en las arcas del comercio de Madrid?
Probablemente, no. Y a lo mejor ni les importa. Lo cual sería triste, porque se podría especular que estos sindicatos no piensan en los suyos.
Y si es el caso contrario, es decir, que sí lo han tenido presente y no obstante no reparan en obstaculizar el movimiento normal de los visitantes, significa que los sindicatos actúan con mala fe… y continúan sin pensar en los suyos, porque en ambos casos perjudican a los que temen perder su puesto de trabajo, y por supuesto a los que lo están buscando.
Solamente por los aspectos terrenales, o sea, los beneficios que Madrid puede recibir por la llegada de esa multitud, los que aquí vivimos deberíamos ponerles la alfombra roja. Pero los hay que cuanto peor, mejor.
Tal vez si en vez del Papa, que llega con la cruz, llegara otra personalidad con la Media Luna, el recibimiento sería más acorde con el respeto que merece cualquier hombre de estado.
Así de justos e imparciales somos.
Los sindicatos ya han anunciado huelga en el metro – sin esclarecer muy bien el motivo de la queja, aunque todos lo conozcamos. Han anunciado también huelga del personal de tierra en el aeropuerto.
Poder discrepar, no importen los métodos a emplear, es signo de libertad.
Dos sectores clave para que los trescientos mil, ochocientos mil o tres millones de seguidores que durante la visita del Papa llegarán a Madrid encuentren ya en los primeros contactos dificultades, y posteriormente el máximo de apuros para sus desplazamientos por la capital.
¿A quién se quiere incordiar tomando estas medidas? ¿Al Papa o a sus seguidores? ¿A ambos? ¡Ah! que se quiere dejar constancia de que aquí disfrutamos de libertad. Vale.
¿Habrán pensado los profesionales de la zancadilla en la imagen que esos visitantes se llevarán de Madrid? ¿Habrán tenido en cuenta el dinero que esos mismos visitantes podrían dejar en las arcas del comercio de Madrid?
Probablemente, no. Y a lo mejor ni les importa. Lo cual sería triste, porque se podría especular que estos sindicatos no piensan en los suyos.
Y si es el caso contrario, es decir, que sí lo han tenido presente y no obstante no reparan en obstaculizar el movimiento normal de los visitantes, significa que los sindicatos actúan con mala fe… y continúan sin pensar en los suyos, porque en ambos casos perjudican a los que temen perder su puesto de trabajo, y por supuesto a los que lo están buscando.
Solamente por los aspectos terrenales, o sea, los beneficios que Madrid puede recibir por la llegada de esa multitud, los que aquí vivimos deberíamos ponerles la alfombra roja. Pero los hay que cuanto peor, mejor.
Tal vez si en vez del Papa, que llega con la cruz, llegara otra personalidad con la Media Luna, el recibimiento sería más acorde con el respeto que merece cualquier hombre de estado.
Así de justos e imparciales somos.
miércoles, 3 de agosto de 2011
LA HISTORIA DESFIGURADA
Hacía años que Isaac no escribía nada sobre la guerra civil.
- Es tanto lo que se ha escrito y tan distorsionado – decía – que me aburre.
Y así dejó pasar el tiempo desoyendo las exageraciones que se decían. Él, que era ahora un anciano, presumía de recordar su niñez con suficiente lucidez como para discrepar de todas las aberraciones que se vertían en periódicos y tertulias. ¡Qué de sandeces tenía que oír! ¡Y qué modo de confundir a la gente!
¿O simplemente era mala intención?
Ante la duda, y cansado de escuchar tanta desproporción, se planteó aportar su propia visión de los acontecimientos, considerando que como testigo de excepción, su versión sería bien acogida y pondría freno a los despropósitos que precipitaban a la historia por caminos de engaño.
Craso error el suyo. Isaac había dejado pasar demasiado tiempo y ahora la gente ya no distinguía el original de la copia.
Por eso, cuando él levantó la voz y quiso convencer a la gente de que sus experiencias como testigo de la realidad discrepaban tanto de lo que la mayoría ya asumía como verdad, se enfrentó a ese fenómeno que se conoce como que no hay una sola verdad.
Ya podía gritar que el origen de la guerra fue, más que de ideologías, oportunidad para desquites personales, envidias familiares, venganzas largos años guardadas en el fondo de los corazones, odios almacenados en el desván de los antepasados… la gente sentía necesidad de saldar rencores ancestrales. Y también otros más actuales.
Esa era la visión que Isaac guardaba de su niñez y así lo publicaba, pero, pobre, nadie le hacía caso y hasta, entre pitos y chascarrillos sobre su desfase de la realidad, la gente, como mal menor, acabó atribuyéndole senectud.
Isaac volvió a su estado pasivo y dejó de escribir, esta vez descorazonado.
- Yo creía que a mi años ya no me quedaba nada más que aprender sobre la condición humana – reflexionaba el anciano – pero cuán cierto es aquello de que nunca es tarde, porque aunque parezca increíble, a mi edad he aprendido la mayor lección de mi vida.
No se enfureció Isaac por la decepción. A su edad era suficiente inteligente para aceptar los desengaños con elegancia. A fin de cuentas, la de ahora era una faceta más del comportamiento del hombre, que prefiere aceptar como verdad lo que mejor se adapta a su estado pasivo. ¿Para qué pensar?
- Es tanto lo que se ha escrito y tan distorsionado – decía – que me aburre.
Y así dejó pasar el tiempo desoyendo las exageraciones que se decían. Él, que era ahora un anciano, presumía de recordar su niñez con suficiente lucidez como para discrepar de todas las aberraciones que se vertían en periódicos y tertulias. ¡Qué de sandeces tenía que oír! ¡Y qué modo de confundir a la gente!
¿O simplemente era mala intención?
Ante la duda, y cansado de escuchar tanta desproporción, se planteó aportar su propia visión de los acontecimientos, considerando que como testigo de excepción, su versión sería bien acogida y pondría freno a los despropósitos que precipitaban a la historia por caminos de engaño.
Craso error el suyo. Isaac había dejado pasar demasiado tiempo y ahora la gente ya no distinguía el original de la copia.
Por eso, cuando él levantó la voz y quiso convencer a la gente de que sus experiencias como testigo de la realidad discrepaban tanto de lo que la mayoría ya asumía como verdad, se enfrentó a ese fenómeno que se conoce como que no hay una sola verdad.
Ya podía gritar que el origen de la guerra fue, más que de ideologías, oportunidad para desquites personales, envidias familiares, venganzas largos años guardadas en el fondo de los corazones, odios almacenados en el desván de los antepasados… la gente sentía necesidad de saldar rencores ancestrales. Y también otros más actuales.
Esa era la visión que Isaac guardaba de su niñez y así lo publicaba, pero, pobre, nadie le hacía caso y hasta, entre pitos y chascarrillos sobre su desfase de la realidad, la gente, como mal menor, acabó atribuyéndole senectud.
Isaac volvió a su estado pasivo y dejó de escribir, esta vez descorazonado.
- Yo creía que a mi años ya no me quedaba nada más que aprender sobre la condición humana – reflexionaba el anciano – pero cuán cierto es aquello de que nunca es tarde, porque aunque parezca increíble, a mi edad he aprendido la mayor lección de mi vida.
No se enfureció Isaac por la decepción. A su edad era suficiente inteligente para aceptar los desengaños con elegancia. A fin de cuentas, la de ahora era una faceta más del comportamiento del hombre, que prefiere aceptar como verdad lo que mejor se adapta a su estado pasivo. ¿Para qué pensar?
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