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jueves, 29 de marzo de 2012

LO QUE NOS PASA (Salvador Moret)


Oímos a la gente demasiado a menudo quejarse de los políticos, y aunque no ignoramos que quejarse es un mal habitual nacional, que esas quejas se repitan con tanta frecuencia es señal de que existe una degradación del colectivo que nos gobierna.
La corrupción es la palabra más usada en esas quejas, y la repetimos con tanta naturalidad que ya no nos escandalizamos de lo que significa. Ni de los montantes que surgen a la luz. O sea, asumimos que político es igual a corrupto. Y si alguien intenta hacernos ver lo contrario no lo discutimos, sino que no le escuchamos, porque interpretamos que lo único que quiere es vendernos el burro asegurando que es un pura sangre.
Probablemente no todos los políticos sean corruptos… en el mismo grado. Pero el que no lo es por activa lo es por pasiva. Como lo somos todos los demás.
Nos quejamos, nos quejamos, pero no hacemos nada para remediarlo. Y la excusa más manida es que no tenemos nada que hacer ante el gran aparato, porque nos aplastaría.
Y ante la impotencia, si acaso, entramos en la rueda de la corrupción… por activa o por pasiva.
¿Quién no conoce o ha oído hablar de alguien que está cobrando del paro y al mismo tiempo está trabajando sin darse de alta? Por ejemplo.
¿Quién, porque está enfadado con la empresa u otros motivos menos dignos de traer al papel, no reduce su esfuerzo en el trabajo por el que le pagan? Pongamos por caso.
¿Quién no oculta al fisco – o al menos lo intenta – ingresos de partidas posibles de enmascarar?
¿Quién no usa horas del trabajo para fines particulares?
Estas y quejas parecidas son hechos que viven en nuestro entorno cada día. Y ante proceder tan poco edificante nos justificamos diciendo que más roban los políticos, excusa que lava nuestra conciencia. Y así de tranquilos nos sentimos dignos de comulgar.
Como el daño viene de antiguo y ya lo vemos como una forma de vida, nos hemos habituado a quejarnos y al mismo tiempo a sacar nuestro beneficio particular, usando de nuevo la excusa que no hay comparación entre las monstruosidades que se llevan los políticos y las menudencias que nos podemos llevar nosotros.
Y eso es cierto, pero no nos sirve de excusa, porque el principio es el mismo. Si acaso, se puede añadir que los que tanto se quejan son mediocres. Se quejan, lloriquean, se lamen las heridas, y se sienten colmados con menudencias porque no se atreven a entrar en los grandes números. Pero sufren al ver cómo los osados, los sin escrúpulos se enriquecen con rapidez.
Con sus quejas esconden otros pecados, que por mediocridad, no se atreven a confesar: la envidia. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

TIEMPO NORMAL


Alejandro escuchaba con agrado a sus compañeros de mesa. Era el mayor de todos ellos, con diferencia notable de edad, y a pesar de ello no discrepaba demasiado de las opiniones que allí se vertían, temas por cierto muy dispares. Se discutía tanto sobre asuntos científicos como sobre los más frívolos, pasando por los que afectan a la ciudadanía en los aspectos más elementales, como por ejemplo la carestía de la vida y las dificultades que tenían casi todos ellos para llegar a fin de mes.
Lamentablemente, el rigor de los planteamientos y el talante sin estridencias que siempre estuvo presente en aquellas tertulias, se deterioraba a marchas forzadas, hasta que a no tardar quedaron agotados por completo. Y el motivo no era tanto porque se habían incorporado nuevos personajes a la ya tradicional reunión de sobremesa como el aire de intolerancia que traían las nuevas generaciones y que en general se respiraba en la calle.
En efecto, en la tertulia se discutía ahora con furor y con resentimiento. Las nuevas tendencias entre los jóvenes, que por ignorar casi todo creen saberlo todo, trataban de imponer sus criterios hasta con malas maneras. A Alejandro le llamaba la atención de cómo la escasez de argumentos se suplía con gritos e insultos.
Y con tristeza pensaba que volvían aquellos que creen que por levantar la voz se les escucha más.
Pero con sus alaridos lo que sí conseguían era avasallar a los presentes y así impedir que otros tomaran la palabra.
La tertulia se había politizado. Y ya se sabe. Una conversación sobre política entre dos españoles significa abrir una trinchera. Y si en la conversación intervienen no dos sino seis o siete españoles, significa abrir otras tantas trincheras, puesto que cada uno tiene su versión particular, y por si alguien todavía no se ha enterado, la suya es la verdadera, que de buena tinta lo sabe.
El tema, aburrido por repetitivo, trataba sobre nuestra guerra civil, comenzando por el traidor Franco que con su golpe de estado esclavizó durante cuarenta años a todos los españoles, persiguiendo, apresando y fusilando a todo aquel que se le cruzaba en el camino. Y después, ¡las cosas que contaban! Todos aquellos advenedizos decían tener ejemplos que contar de familiares víctimas de la represión. Y cuando en alguna ocasión las describían, era siempre la misma que se había escuchado en cuarenta y cinco municipios más. Debía ser casualidad, porque se parecían como dos gotas de agua.
Y para calmar los ánimos de los exaltados, que nadie osara insinuar que eso eran secuelas propias de una guerra, principalmente si ésta es (in)civil. O decir que todos tienen sus armarios repletos de cadáveres, porque eso era entrar en un barrizal del que no era fácil salir íntegro, y en ningún caso airoso.
Un día le pidieron opinión a Alejandro como persona mayor que era para que aportara algún ejemplo, convencidos de que sus comentarios vendrían a confirmar sus versiones.
El aludido se resistió lo suyo. No quería defraudar a los jóvenes, sabiendo que no aceptarían fácilmente su visión de los acontecimientos, pero ante la insistencia de aquellos aceptó, con alguna advertencia.
-         Si me permitís os voy a contar algunas anécdotas que me contaba mi madre siendo yo pequeño, pero me tenéis que asegurar que no me interrumpiréis hasta que termine.  
Todos aceptaron y se comprometieron a estar callados. Y Alejandro respiró hondo y se dispuso a tirar de su memoria.
-         Algunos de vosotros sabéis que yo soy de origen valenciano, el último bastión de lo que quedaba de la República en los últimos días de la guerra…
Los ojos de los oyentes chispearon convencidos de que ese inicio prometía, que iba por buen camino.
Alejandro siguió su relato diciendo que en tiempo normal (su madre se refería a antes de la guerra) en el pueblo la gente vivía bastante bien. Se disponía de una economía saneada, y en cuanto a los aspectos sociales apenas existían crispaciones. Sus padres aún no se habían casado, y el grupo de amigos de su padre era de lo más variopinto.
Borrás y Pantorrilla eran los dos amigos inseparables. Después, algo más despegados, estaban el hornero, el matasanos, el campanero, el carretero y el herrero. Un grupo de amigos que el pueblo de Paiporta conocía muy bien por sus excesos y atrevimientos, que muchos disculpaban por ser propios de la juventud.
Sus apodos venían dados por la labor que ejercían sus padres, mientras que sus nombres de pila, por desuso, casi eran desconocidos. De edades comprendidas entre diecisiete y veinte años, como es normal en esas edades, los chicos mostraban muchas ganas de vivir en sus alegres reuniones y fiestas.
A excepción del matasanos que estudiaba medicina siguiendo la estela de su padre, ninguno de ellos era muy instruido, sino más bien todo lo contrario, un tanto ordinarios y bastante toscos, como la mayoría de los jóvenes de los años treinta en los pueblos de España. Paiporta, a pesar de su cercanía a Valencia, no era una excepción.
Y como casi todos ellos con solo seguir la trayectoria de sus padres tenían un porvenir asegurado, nunca escucharon esa pregunta que tantas veces planteaban a los niños: Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?
Con sus vulgaridades, a su manera eran felices. Se sentían libres, sin preocupaciones, y lo único que alteraba su concordia era cuando coincidían las pretensiones de más de uno por la misma chica. Otras inquietudes o desvelos no existían para ellos.
Con esa vida que llevaban tan despreocupada no era extraño que sus miras quedaran alejadas de los tejemanejes y confabulaciones que se llevaban los políticos en las ciudades, y principalmente en Madrid sobre el modo de gobernar a los españoles.
Y cuando en mil novecientos treinta y cinco en el pueblo comenzaron a oírse los primeros enfrentamientos entre las diferentes tendencias políticas, fue para ellos algo tan insólito que apenas daban crédito a las cosas que se decían.
No pasaría mucho tiempo y la palabra guerra comenzaría a mencionarse con frecuencia, emponzoñando con rapidez el clima social, aunque a los jóvenes del grupo afectó muy poco o nada, ajenos a las valoraciones de los señoritos de la capital. Ellos tenían bastante con trabajar al lado de sus padres y divertirse persiguiendo a las chicas del pueblo.
Pero el destino ya estaba marcado y el rumor corrió como la pólvora. La guerra, y con ella la incorporación a filas estaba en boca de todos. Nadie sabía nada en concreto, pero, ¿quién detiene un rumor una vez éste se ha desbocado?
De pronto una fiebre contagiosa recorrió el pueblo invitando al matrimonio precipitado, y los jóvenes de Paiporta se aprestaron a tomar posiciones ante las chicas en las que ya habían puesto el ojo.
Las pedidas de mano se multiplicaron, y aunque algunas de ellas se llevaron a cabo muy rápidamente, la guerra, que fue mucho más veloz, alcanzó a casi todos ellos todavía en estado de soltería.
Y naturalmente la incorporación a filas fue inmediata, aunque no para todos por igual. Siempre los hay que hasta en las situaciones más conflictivas consiguen salir airosos.
El matasanos, Borrás y Pantorrila fueron llamados a filas, con destino al frente de Madrid…
El anciano Alejandro hizo una pequeña pausa que enseguida aprovecharon los ansiosos oyentes para saber cómo seguía la historia.
-         No terminará aquí el relato, ¿no? – inquirió impaciente uno de ellos.
-         Por supuesto que no. Si acaso, más bien empieza ahora, cuando se casó mi madre, tres días antes de partir mi padre al frente.
-         Sí, pero lo que queremos escuchar son las represalias que sufrió tu padre al terminar la guerra.
-         ¡Ah, qué poca paciencia la vuestra! Las represalias, como decís vosotros, comenzaron el mismo día que desfilaron las tropas de Franco por las calles de Valencia, cuando los billetes de banco emitidos por la república fueron proscritos. De un plumazo mi madre se quedó sin un céntimo. Como todos los demás, claro está.
Todos al unísono y con alborozo levantaron sus voces para pedir venganza ante aquella atrocidad, propia del despiadado dictador, y con los ojos desorbitados pidiendo más árnica, apelaban al anciano a seguir contando las crueldades que le contaba su madre.
Cuando se hizo el silencio, Alejandro continuó exponiendo sus recuerdos, y cuando añadió que pocos días después de aquel desfile victorioso se hizo público un bando en el que se exigía a todos los valencianos a entregar a las autoridades las joyas y objetos de oro que mantuvieran en su haber, el alboroto que se desató entre los oyentes exigiendo compensaciones a tanto desagravio ahogó cualquier otro comentario.
Mucho rato duró el desconcierto entre aquella gente que, a tenor de sus expresiones, dispuestos estaban a salir a la calle y prender fuego al mundo entero. Tal era el arrebato que les embargaba.
¡Venganza! – gritaban. Y añadían a voz en grito la exigencia de un resarcimiento inmediato para Alejandro por todo lo sufrido.
Cuando se calmaron, el mismo de antes interpeló de nuevo a Alejandro que, por el tono empleado, parecía conocer de antemano la respuesta.
-         Por todo lo que cuentas, no me cabe la menor duda de que tu odio al franquismo será infinito.
La risa irónica que reflejaba su semblante tras su precipitada deducción se vio pronto truncada. El anciano, como les advirtió, no había terminado su exposición.
Efectivamente. Alejandro vino a decir que si no le hubieran interrumpido, como él les había exigido antes de empezar, el relato habría tenido otro curso y ahora no se vería en la necesidad de tener que explicar lo que seguramente no les iba a gustar, y por eso consideraba que no podía odiar al franquismo.
Su madre se casó y tres días más tarde, su padre partió al frente. Él a cumplir lo que le ordenaban, y ella confiando que las autoridades cumplieran las promesas que pregonaban.
Cuando seis meses más tarde su padre, herido, regresó al pueblo, lo que se encontró no le gustó nada en absoluto. Es más, se enfureció como un poseso.
Entre los desquites y represalias personales que se sucedían en la retaguardia en el convivir cotidiano, se enteró que habían matado al médico, el padre del matasanos. Se fue directamente a ver a los responsables, entre los que precisamente figuraba algún amigo suyo, el hornero y el herrero.
-         Pero, ¿me podéis explicar por qué habéis cometido un acto tan abominable?
-         Muy simple – respondieron al unísono aquellos dos que, encima aún se mofaban del hecho – era médico.
-         ¿Y no tuvisteis en cuenta que era el padre de nuestro amigo?
-         Qué tonterías dices. ¿No era un rico? Pues, fuera los ricos.
-         En qué os habéis convertido. No os reconozco. Su hijo en el frente, defendiéndoos, y vosotros matando a su padre.
-         Todos defendemos lo mismo. Vosotros matáis en el frente al mismo enemigo que nosotros eliminamos aquí.
El grupo de oyentes, menos alborotador ahora, todavía hizo algún intento de justificar a los amigos del padre de Alejandro, pero sin demasiado coro.
El anciano siguió contando que su madre le decía que la herida de guerra no le dolió tanto a su padre como la que le habían causado sus antiguos amigos.
Una vez recuperado de sus heridas, las físicas que no las morales, el padre de Alejandro se reincorporó al frente, esta vez al de Teruel. Allí se rencontró con Borrás y el matasanos, que sabía de la muerte de su padre pero no las causas. El padre de Alejandro, por respeto, no las mencionó.
En una salida de reconocimiento, el grupo en el que formaba matasanos cayó en una emboscada y todos fueron abatidos sin casi entrar en batalla.
Casi había transcurrido un año cuando mi padre regresó al pueblo con permiso, en unos momentos que la guerra comenzaba a tener malas trazas para la república.
Y Alejandro, recordando los comentarios de su madre, contaba la alegría que tuvo su padre cuando le vio por primera vez.
-         Mi madre me decía que yo, con casi un año de edad, no quería que mi padre me cogiera en brazos porque tenía miedo de aquel desconocido.  
-         Pero la alegría de mi padre – siguió contando Alejandro – duró poco, porque pronto se percató de la escasez de alimentos que recibía mi madre, cuando él sabía de las cantidades que llegaban al pueblo, y que equitativamente repartidas eran suficientes para todos.  
Y a los de la tertulia; a esos que tanto insistieron para que contara sus memorias, por evidente, Alejandro presentía que éstas no les iban a ser gratas. Pero lanzado como estaba y a pesar de las malas caras que comenzaba a ver frente a él, el anciano no se amedrentó y añadió cómo su padre, hecho un energúmeno se presentó ante los miembros del comité, entre los que figuraba el herrero, su compañero de aventuras en tiempo normal, y les dijo de todo menos guapos. Los puso a caldo y, cual no sería su estado de excitación que nadie se atrevió a levantarle la voz.
Y no solamente eso, sino que además exigió la entrega inmediata de todas aquellas raciones que no habían entregado a su mujer en el último año. Y como alguien comenzó a poner excusas, mi padre hizo mención de echar mano a la pistola y, sin llegar a tener que hacer uso de ella, media hora más tarde en un carrito de mano se llevaba las raciones que de buena manera le pertenecían.
Los tertulianos no soportaron que Alejandro dijera algo negativo de la república o de aquellos que la defendían y comenzaron con improperios contra el anciano diciendo que estaba mintiendo, que todo eso que decía eran maquinaciones de la derecha, que era un fascista…
¿Alguien se acordaba de lo que decían apenas media hora antes cuando clamaban venganza por los daños que sufrió Alejandro?
Y no solamente eso, sino que por lo visto también se olvidaban de que el padre del anciano estuvo en el frente defendiendo la república.
-         Seguramente pertenecería a la quinta columna – llegaron a decir en su diatriba.
Los ánimos se caldeaban por momentos, y pronto comenzaron a increpar al anciano, y de las palabras enseguida pasaron a las manos, primero zarandeándolo, después algún golpe que otro, y rápidamente entre injurias calumniándolo de franquista y traidor lo echaron al suelo, dándole golpes de todo tipo, patadas…
El anciano pensaba que no sería capaz de soportar tanto castigo y cubriéndose la cabeza con las manos solamente pensaba que esta jauría de cafres iba a acabar con su vida, incapaz ninguno de ellos de entender la convivencia con el debido respeto a los demás.
Y en medio de aquel fragor de insultos y golpes, Alejandro aún tenía arrestos para gritarles que sin tolerancia no tenían futuro. Eso sí, con pocas esperanzas de que entendieran sus palabras.
En esos críticos momentos recordó las palabras de su madre cuando le contaba la madrugada que vinieron a llevarse a su padre, entre los que no faltaron algunos de sus antiguos amigos. Fue pocas horas después de recoger los alimentos. Y su madre sabía que a esas horas no se trataba de una invitación a una fiesta.
En sus últimos instantes de lucidez el anciano todavía pudo discernir que aquellos que acabaron con la vida de su padre fueron los mismos que ahora acabarían con la suya.
Habían transcurrido tantos años y no habían aprendido nada.

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Salvador Moret
Marzo, 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

EL BIEN Y EL MAL (Salvador Moret)


El hombre, ese ser tan complejo, es capaz de llevar a cabo al mismo tiempo lo más sublime y lo más abyecto.
En el primer caso, al alcance de la mano tenemos ejemplos que lo confirman, especialmente en las desgracias. Y cuanto mayor es la catástrofe, más dispuesta se muestra la Humanidad en prestar socorro.
Y es que en las catástrofes donde las víctimas se cuentan por centenares, es emocionante ver cómo por todas partes surgen almas de buena fe dispuestas a ayudar, bien aportando recursos, bien presentándose en el lugar del siniestro apoyando materialmente con sus esfuerzos físicos o psicológicos.
No me negarán ustedes que estos actos no son elogiables.
La parte ingrata de esta historia aparece cuando alguien, tal vez por envidia o por resentimiento, o quizás de buena fe, nos advierte de que la prioridad de muchas de esas personas u organizaciones tan predispuestas a prestar ayuda, no consiste precisamente en ayudar al prójimo, sino en promocionarse. Es decir, salir en la foto.
Tampoco me negarán ustedes que, de ser cierto este proceder, no es abominable.
Y más deleznable aún es cuando nos enteramos que hay quien, además, hace negocio de la desgracia de los demás.
Y es que la línea que separa el bien del mal es tan fina que a menudo no percibimos cuando nos la saltamos.
Ahí tenemos, por ejemplo, a los científicos. Unos estrujándose los sesos descubriendo fármacos que permitan alargar la vida de las personas, y año tras año esforzándose sin importar el coste humano y económico. Otros, con el mismo afán o mayor que los primeros, estudiando la manera de cómo eliminar a la Humanidad inventando armas cada vez más mortíferas y más eficaces, y – paradójico – para que no resulte gravoso a la sociedad, con el menor coste económico posible.
Tal vez, todo esto forme parte de lo que nos decían de pequeños, aunque las formas fueran tan distintas, cuando nos aconsejaban de escuchar al ángel y no al demonio que siempre llevamos junto a nosotros. Desde que nacemos.
¿No será el bien y el mal que llevamos dentro?

viernes, 10 de febrero de 2012

LOS REYEZUELOS (Salvador Moret)


Si uno se apresta a hojear por las mañanas los periódicos, se arriesga a enfrentarse a un gran dilema. O desiste de ello de inmediato o, en el mejor de los casos, acaba con una depresión de caballo.
¿El motivo? Que somos un país ingobernable. Aquí cada cual se monta su fábula de lo que tiene que ser la convivencia, y todos aquellos que discrepen son a despreciar. ¡Qué digo! Nada de desprecio. Eso es poco. Son a perseguir y aniquilar.
Claro que, cuarenta y cinco millones de personas discrepando unos de otros, o sea, cuarenta y cinco millones de opiniones diferentes dispuestos a no ceder ninguno de ellos un paso atrás de su posición, mientras no dejan de infamar y denigrar al prójimo, no importe el grado de vecindad (a menudo tampoco de familiaridad), acusando a todo quisqui de extremista, intolerante, atrasado y otras muchas cosas menos confesables, habrá que reconocer que la tolerancia, ese pequeño detalle imprescindible para convivir con un mínimo de paz, baja escandalosamente.
¿Ejemplos? Los periódicos.
Porque si usted no teme caer en una morrocotuda depresión, abra algunos de ellos. Siempre y cuando su fortaleza de aguante, paciencia y comprensión hacia los exaltados la haya comprobado previamente.
Enseguida comprobará la cantidad de reyezuelos que hay a su alrededor.
Tenemos a ese prototipo de regidor, que arrapando, por quince votos de diferencia, por ejemplo, consigue el título de alcalde. Y acto seguido, olvidando que la mitad de la población no estuvo de acuerdo con su programa político, comienza a hacer y deshacer a su antojo, entendiendo que la vara de mando se lo permite. ¡Es la autoridad! Y que nadie se atreva a insinuar lo más mínimo, porque el acoso a la autoridad está duramente castigado.
Y si hay que dirimir las discrepancias en el juzgado, una de las dos partes no tardará en tildar al juez de fascista, corrupto y cosas por el estilo.
Porque, ¿aceptar el veredicto? ¡Qué cosas! Hombre, si me favorece, aún, aún, pero en caso contrario, de todas, todas, será una injusticia.
Y enfadado, porque a ojos del desleal la sentencia fue ilegal; porque ha sido víctima de un estado infecto y corrompido; porque a muchos otros, principalmente los amigos del juez y los muy potentados las sentencias siempre les benefician, por todo eso, ese inconformado se siente con el derecho de negarse a contribuir con sus obligaciones. Como es, por ejemplo, a ser honesto en la declaración de la renta.
Envuelto en esa capa de reyezuelo del reino de su persona, se considera con todo el derecho a tomar sus propias decisiones sin necesidad de dar más explicaciones a nadie. Y añadirá:
“Porque los demás son unos cafres que no quieren entender mis razones”.

GUARDAR TURNO (Salvador Moret)


Seguramente que a usted no le es desconocido el hecho, porque lo más probable es que lo haya presenciado y vivido en más de una ocasión.
Y casi con toda seguridad, también se habrá irritado usted por ello.
Suele suceder en los despachos de atención al público, del estado o privadas, no importa, aunque tal vez en las primeras duele más.
Tomemos como ejemplo algo tan sencillo como pagar un recibo en una oficina bancaria. Usted llega antes de las nueve y media, porque ayer ya le advirtieron que para pagar recibos tenía que volver otro día antes de las diez.
Pero delante de usted, casualmente, esperan su turno otras cinco personas, y usted, que ha dejado el coche en doble fila pensando que eso de pagar un recibo era cuestión de coser y cantar, es decir, entrar, pagar y salir todo en un cerrar de ojos, al ver a los otros cinco guardando cola, comienza a ponerse nervioso y a mirar el reloj que pende de la pared detrás de la joven cajera.
Los minutos van pasando, ni más lentamente ni más deprisa que otras veces, claro está, aunque a usted en esos momentos le parezca que se eternizan. Entre tanto, a la joven cajera, precisamente hoy no le cunde el trabajo, porque parece que lo haga más lentamente que nunca. Y, por si eso fuera poco, el joven que está en la ventanilla la está entreteniendo, y vaya usted a saber qué le estará contando que tarda tanto.
Y usted llega a creer que la joven cajera, ajena al nerviosismo que muestran los clientes que esperan, no tiene conmiseración con ninguno de ellos.
Usted, que ha contagiado a las otras cinco personas que esperan delante de usted, o, qué más da, tal vez sea al contrario, el caso es que ya nadie está quieto. Se mueven, soplan, taconean el suelo, se giran, miran al techo, al reloj, resoplan… por fin, aquel joven de la ventanilla ha terminado.
Pero aún quedan cuatro delante de usted. A este ritmo, la multa es casi segura. En eso, un claxon suena con estridencia. Alarmado, usted sale corriendo… pero en esta ocasión no es su coche el que impide a otro sufrido conductor salir de su estacionamiento.
De regreso a la cola, una señora mayor se ha añadido a ella, y usted, respirando hondo para mantener la calma, con buenas palabras le advierte que él estaba delante. Le sigue un cruce de palabras un tanto subidas de tono, hasta que la joven que está delante acredita que, efectivamente, el señor estaba detrás de ella.
A regañadientes, el conato de enfado se apacigua.
Pero los minutos, implacables, siguen avanzando, y la irritación se encrespa y llega a hacerse insoportable cuando usted observa que tres empleadas más del banco, sentadas a sus mesas, sin mostrar el más mínimo interés por los clientes que esperan, como si ellas no tuvieran nada que ver con la empresa que les paga el salario a final de mes gracias a los clientes que llegan a la ventanilla, telefonean, ríen, se comentan sus cuitas…
Impotente, usted se sube por las paredes.
Y a usted, que en esta ocasión se ha librado de una multa, no se le ocurra entrar en un ayuntamiento, porque a la hora de mayor ajetreo es posible que se encuentre la ventanilla cerrada porque la responsable se ha ido a tomar café. 

domingo, 5 de febrero de 2012

LA RIVALIDAD (Salvador Moret)

Se dice que si no existiera esa rivalidad tan encendida entre Barça y Madrid, el fútbol estaría de capa caída. Y como lo que envuelve al fútbol es ante todo dinero, es fácil deducir que aquellos que se benefician de ese trasiego de capitales hagan los mayores esfuerzos para que la rueda siga girando. Y para ello nada más fácil que fustigar las pasiones de los aficionados con declaraciones, ofensivas las más veces, para que las emociones, provocadas y golpeadas por la fusta que sostiene la misma mano que mueve los hilos desde la penumbra, sigan alimentando la máquina para que ésta no deje de girar. Sucede algo igual en la política. Principalmente en los países donde se practica muy poco la política y mucho la irresponsabilidad. O donde los intereses particulares predominan por encima de intereses generales. En realidad, en cuanto al dinero respecta, el deporte es un calco de la política. Porque también aquí, los interesados en que la rueda no deje de girar, se afanan con ahínco en disciplinar conciencias para que les sirvan de sostén incondicional, y a poder ser perpetuo. Incitan a los sentimientos y provocan a las emociones, y se regodean viendo con qué facilidad lo consiguen. Es todo un proceso que los políticos conocen bien. Primero despiertan la pasión con argumentos que son los que quiere escuchar el oyente. Después prometiendo lo que desea recibir el oyente. Y por último asegurar que todo eso lo va a recibir el oyente. Una vez conseguido el voto del oyente, el olvido. Cuando no el desprecio, que, dicho sea de paso, al incondicional le trae al fresco. Es lo que parece, al menos, a juzgar por las veces que se deja engañar. Y tanto en fútbol como en política, los maestros en conducir masas saben de las debilidades de los hombres, y así, conocen los mecanismos de cómo han de hablar y qué han de decir para que los tantas veces vilipendiados no se les revuelvan. Porque si no fuera así, no se entendería que después de prometer tantas mejoras, beneficios, soluciones y todas las mieles imaginables del paraíso, el hombre de a pie, que una vez y mil más no huele nunca nada de lo prometido, y no obstante, se mantiene convencido de que un día llegará el maná. Y llegado a este punto, cabe preguntarse, ¿será consciente este abnegado y sufrido creyente que todas esas melazas prometidas por los voceros sí existen pero que están mal repartidas? O dicho de otro modo: ¿que los dulces, a la hora del reparto, se los quedan los que reparten? Un valor habrá que reconocer a estos maestros de dirigir masas, cual es que, tras tantos años con sus descaradas manipulaciones, consiguen no solamente que no se rebelen las masas, sino que éstas aún sigan aplaudiéndoles. Será por la rivalidad.

miércoles, 1 de febrero de 2012

TODO EN EL MISMO SACO (Salvador Moret)

Así, a simple vista, suena un tanto extraño que la sección de deportes incluya tanto el esquí, la Fórmula 1, el ajedrez, salto de pértiga, baloncesto, petanca… y así hasta no acabar.
Una serie de actividades que ni se parecen ni se asemejan en lo más mínimo. Y no obstante, las incluimos todas en el mismo saco como lo más normal del mundo. Seguramente será la fuerza de la costumbre que, de tanto escucharlo, lo repetimos sin más cortapisas, de tal modo que nuestra mente ya lo asume como correcto.
Claro que si advertimos que la tendencia del hombre es a generalizar, lo de los deportes es peccata minuta.
Tendemos a generalizar olvidándonos de añadir, por ejemplo, “excepto”, y así la generalización deja de serlo. Pero, hoy vivimos deprisa, muy deprisa. Nos falta el tiempo, y procuramos recuperarlo eliminando lo prescindible.
Lo suyo sería añadir, por ejemplo, “exceptuando”, y así salvaríamos en parte la cuestión. Los periodistas anteponen siempre el “presunto” para evitar males mayores, ¿no? ¿Por qué, entonces, no se añade el “excepto” o “salvo excepciones” o algo similar para que los demás no entiendan, por ejemplo, que todos los políticos sin excepción son unos chorizos?
Y es que lo tenemos tan asumido que ya no nos molestamos en anteponer el “excepto” de rigor. Así, siguiendo el ejemplo anterior, cuando decimos que los políticos son todos unos chorizos, en el subconsciente sabemos que no es así, pero tal vez por comodidad nos abstenemos de añadir que siempre hay excepciones.
O, vaya usted a saber, quizás no es comodidad, sino que quien así se expresa solo dice lo que siente.
Lo que no cabe duda con esta costumbre de generalizar es que cuando nos ponemos a hacer valoraciones exageramos tanto que ni cuando cometemos las mayores aberraciones nos damos cuenta de ello. Decir, por ejemplo, que los japoneses llevan la cámara de fotografiar hasta cuando van al baño es faltar a la verdad. Y lo sabemos. O como mínimo lo intuimos cuando una lucecita allá en lo más hondo de nuestra conciencia nos lo está advirtiendo. Pero, ¡quién hace caso a estas banales advertencias!
Por eso nos expresamos incorrectamente más a menudo de lo que creemos.
Es lo malo que tienen las costumbres, que no solo decimos monstruosidades sin percatarnos, sino que de tanto repetirlas acabamos pensando que son así, hasta el punto que no distinguimos lo verdadero de lo falso.
Tal vez nos hemos vuelto tan hábiles e inteligentes que damos por hecho que los demás entienden lo que pretendemos transmitir digamos como lo digamos, y como tal, abreviamos. ¿Quién se asombra de los jeroglíficos que se cruzan en los mensajes telefónicos?
Probablemente, este proceder es la causa de un comportamiento generalizado que nos lleva a terminar cuanto antes lo que emprendemos. Importa menos si el origen es la falta de tiempo, la comodidad o la pereza.
Aunque, siempre hay excepciones, que meter a todos en el mismo saco es muy injusto.