Oígo decir muy a menudo que la televisión es una bazofia. Así, generalizando, que es lo propio. Y me pregunto: ¿Será cierto? Y si es cierto que es una bazofia, surge la siguiente pregunta: ¿Y por qué la miran?
Saltan varias voces que, raudas como el viento intentan aclararme que miran lo que hacen, porque no pueden mirar lo que no hacen. Es cierto - pienso - Se cae por su peso.
Pero, digo: Pueden dejar de mirar. Si no les gusta, ¡por qué martirizarse mirarando durante horas lo que no les gusta, y además todos los días!
Me aclaran que eso no es tan fácil. ¡Cómo van a dejar de mirar televisión! Sería el caos. ¿Qué harían, si no?
O sea - reflexiono - mirar televisión forma parte de lo cotidiano. Llegada la hora, uno se sienta ante esa ventana y espera a ver lo que aparece. El interés no es ver sino emplear las horas.
Siendo así, entiendo que todo les parezca una bazofia. Todo.
Porque tal vez no sea cuestión del programa, sino del aburrimiento o falta de interés. O sea, es cuestión de la mente y no de la televisión.
¿O acaso es una bazofia que miran a gusto?
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lunes, 31 de mayo de 2010
domingo, 30 de mayo de 2010
LA BIBLIA
Hubo una época en que las diferencias entre los evangelistas y los católicos, era abismal. Para éstos últimos todo eran parabienes y facilidades, mientras que aquellos eran vilipendiados, perseguidos y encarcelados. Y se les llamaba protestantes.
Incomprensiblemente, todo eso ocurría cuando más se ensalzaba la doctrina del perdón para los caídos en desgracia y hasta para los malvados.
Con el correr de los años esa balanza tan desequilibrada fue buscando un estado más nivelado, hasta el punto que nos deslizamos un poco hacia el otro extremo, llegando a escuchar ciertas voces que aseguraban que las dos doctrinas, en el fondo, eran lo mismo.
Y es que o no llegamos o nos pasamos. ¿Por qué será tan difícil encontrar ese punto de equilibrio?
Porque, no nos confundamos, diferencias las hay, incluso más de las que parecen, y de mucho mayor calado del que se nos dice. Y como no se trata de enumerarlas, sino de retornar y buscar el punto medio, me limitaré a comentar la más elemental, que no es otra que la lectura de la Biblia.
Los evangelistas han leído siempre la Biblia. Es más, es el libro que unió a los alemanes una vez traducido a su lengua por Lutero. Fue el libro que siempre estuvo presente en cada uno de sus hogares, y que se leía diariamente. ¡Cuántos aprendieron a leer y a escribir con la Biblia!
En cambio, entre los católicos nunca ha existido ese afán de poseer, leer y aprender la Biblia. Todo el mundo sabía de él, pero pocos lo habían visto. Ni en las librerías era fácil encontrarlo. Nunca se fomentó la lectura de la Biblia.
Incomprensiblemente, todo eso ocurría cuando más se ensalzaba la doctrina del perdón para los caídos en desgracia y hasta para los malvados.
Con el correr de los años esa balanza tan desequilibrada fue buscando un estado más nivelado, hasta el punto que nos deslizamos un poco hacia el otro extremo, llegando a escuchar ciertas voces que aseguraban que las dos doctrinas, en el fondo, eran lo mismo.
Y es que o no llegamos o nos pasamos. ¿Por qué será tan difícil encontrar ese punto de equilibrio?
Porque, no nos confundamos, diferencias las hay, incluso más de las que parecen, y de mucho mayor calado del que se nos dice. Y como no se trata de enumerarlas, sino de retornar y buscar el punto medio, me limitaré a comentar la más elemental, que no es otra que la lectura de la Biblia.
Los evangelistas han leído siempre la Biblia. Es más, es el libro que unió a los alemanes una vez traducido a su lengua por Lutero. Fue el libro que siempre estuvo presente en cada uno de sus hogares, y que se leía diariamente. ¡Cuántos aprendieron a leer y a escribir con la Biblia!
En cambio, entre los católicos nunca ha existido ese afán de poseer, leer y aprender la Biblia. Todo el mundo sabía de él, pero pocos lo habían visto. Ni en las librerías era fácil encontrarlo. Nunca se fomentó la lectura de la Biblia.
sábado, 29 de mayo de 2010
PARCIALIDAD
Hablar de política entre españoles es iniciar un enfrentamiento... cuando sus ideologías no coinciden. Con lo bien que sería discutir aportando iniciativas en vez de cruzarse insultos.
En caso contrario, es decir, cuando en política sus preferencias coinciden, la conversación resulta pastosa, almibarada. Aunque en otros aspectos de la vida sus puntos de vista difieran de extremo a extremo.
La política es para los españoles, o blanco o negro, sin más matices. Algo así como crimen y castigo. No es extraño, pues, que las estadísticas sobre intención de voto apenas se alteren haga lo que haga el gobienrno de turno.
En mi opinión somos incoherentes y nos equivocamos por completo, porque si un gobierno lo hace bien, hay que reconocerlo, aunque no sea de los "nuestros". Y si lo hace mal, hay que criticarlo, sin que para ello tenga que ser adversario.
Pero, ¿llegará el día que sabremos romper con las ataduras?
viernes, 28 de mayo de 2010
IDIOSINCRASIA
A menudo solemos definir rasgos generales del ser humano como propios nuestros. La envidia, por ejemplo, esa "virtud" que hasta nosotros mismos aceptamos como muy nuestra, no está exenta en otras sociedades. ¿Está presente en mayor o menor grado? Pues, no. Ni en mayor ni menor grado, simplemente porque es condición humana.
Los pecados capitales son inherentes al hombre, por lo tanto no somos mejor ni tampoco peor que otras sociedades. En principio.
Ahora bien, y por muy contradictorio que parezca, existen diferencias entre un pueblo y otro. No a causa de la naturaleza humana, que continua siendo la misma, sino debido a los hábitos que en el transcurso de los siglos nos han impuesto las tendencias religiosas, y a su vez los gobernantes que han surgido de ellas. Eso por una parte, importante, pero no única. No perdamos de vista, por ejemplo, el clima, presente protagonista siempre en el entorno del hombre.
Esas pautas son las que con el paso de los siglos han ido marcando las diferencias. Por lo tanto, el peso de nuestra historia, queramos o no, nos guste o no, es el que ha ido marcando nuestra forma de ser, nuestra forma de tomar la vida y en definitiva nuestra idiosincrasia.
Por eso, aunque no sintamos deseos de valorar nuestra historia y a nuestros antepasados; aunque para muchos sea repelente pensar en tales deferencias; queramos o no, nos guste o no, un hecho es que aun contra nuestra voluntad, no podemos escapar de una realidad.
Muchos lo llevan a orgullo. Otros sufren la pena de no poder cambiar la historia.
Los pecados capitales son inherentes al hombre, por lo tanto no somos mejor ni tampoco peor que otras sociedades. En principio.
Ahora bien, y por muy contradictorio que parezca, existen diferencias entre un pueblo y otro. No a causa de la naturaleza humana, que continua siendo la misma, sino debido a los hábitos que en el transcurso de los siglos nos han impuesto las tendencias religiosas, y a su vez los gobernantes que han surgido de ellas. Eso por una parte, importante, pero no única. No perdamos de vista, por ejemplo, el clima, presente protagonista siempre en el entorno del hombre.
Esas pautas son las que con el paso de los siglos han ido marcando las diferencias. Por lo tanto, el peso de nuestra historia, queramos o no, nos guste o no, es el que ha ido marcando nuestra forma de ser, nuestra forma de tomar la vida y en definitiva nuestra idiosincrasia.
Por eso, aunque no sintamos deseos de valorar nuestra historia y a nuestros antepasados; aunque para muchos sea repelente pensar en tales deferencias; queramos o no, nos guste o no, un hecho es que aun contra nuestra voluntad, no podemos escapar de una realidad.
Muchos lo llevan a orgullo. Otros sufren la pena de no poder cambiar la historia.
jueves, 27 de mayo de 2010
EL EJEMPLO
No es que se hable mucho de ello, pero de vez en cuando, de pronto uno lee un artículo que nos pone en la picota tildándonos de perezosos.
Yo no creo que se nos pueda catalogar como un pueblo de vagos, o no más que otros, porque en aquellos años de emigración la mano de obra española era muy apreciada en todos los paises de Europa, precisamente por su disposición a cumplir y dejar buena imagen.
Entonces, si era así, ¿por qué tenemos esa opinión de nosotros mismos? Creo que hay varias respuestas a esta pregunta. Una, y es la que más he escuchado siempre de los mismos emigrantes, era el ejemplo que veían en sus jefes, siempre al pie del cañón como el primero y sin buscar excusas para escaquearse.
Junto, cogido de la mano venía este otro pequeño detalle, a saber, que los trabajadores se sentían reconocidos, porque a los jefes no les dolía prendas ensalzar un buen trabajo.
Tal vez todo sea cuestión de mimetismo, porque ya lo decía el famoso Keller hace más de trescientos años: el ejemplo es contagioso.
Yo no creo que se nos pueda catalogar como un pueblo de vagos, o no más que otros, porque en aquellos años de emigración la mano de obra española era muy apreciada en todos los paises de Europa, precisamente por su disposición a cumplir y dejar buena imagen.
Entonces, si era así, ¿por qué tenemos esa opinión de nosotros mismos? Creo que hay varias respuestas a esta pregunta. Una, y es la que más he escuchado siempre de los mismos emigrantes, era el ejemplo que veían en sus jefes, siempre al pie del cañón como el primero y sin buscar excusas para escaquearse.
Junto, cogido de la mano venía este otro pequeño detalle, a saber, que los trabajadores se sentían reconocidos, porque a los jefes no les dolía prendas ensalzar un buen trabajo.
Tal vez todo sea cuestión de mimetismo, porque ya lo decía el famoso Keller hace más de trescientos años: el ejemplo es contagioso.
miércoles, 26 de mayo de 2010
EL ETERNO ENFRENTAMIENTO
No se trata de echar las culpas a nadie, aunque siempre hay un culpable, o al menos, por activa o por pasiva, que tanto monta, un causante del deterioro de las cosas. El caso es que en España hemos regresado a aquella situación de enemistad y enfrentamiento que siempre nos ha acompañado, y muchos creíamos ya superada.
El deterioro de nuestras relaciones ha venido a incrementarse a causa de la debilidad económica, según unos, y ésta ha arrastrado a todas las demás, institucional, judicial, moral...
Otros dirán que es a la inversa, que la falta de escrúpulos de la clase dirigente se ha expandido por doquier de tal forma que ya todos corremos ciegos detrás del dinero como única meta a alcanzar, sin tener en cuenta los métodos para lograrlo.
¡Y qué más da que sea el camino de ida o el de regreso! - digo yo. El hecho es, y eso es lo trágico, que existe un grave deterioro institucional que asusta, y como el económico nos está ahogando, hemos comenzado a lanzarnos unos a otros los trastos a la cabeza.
¡Qué bien lo saben hacer los políticos! Causantes del desastre, no dejan de echar carne a los lobos para que entre ellos se descuarticen, y pillos como son, siguen flotando como el corcho por muy revueltas que bajen las aguas.
¿HEMOS AVANZADO?
Los españoles nos enorgullecemos lanzando a los cuatro vientos los avances que hemos realizado en los últimos tiempos. Pero los mayores, los que han vivido las distintas etapas de nuestros últimos setenta años, un tanto decepcionados, quitan importancia y nos cuentan que en cada época han escuchado decir lo mismo.
Somos dados a ensalzar lo que nos gustaría ser, y con unos pocos que repitan un par de veces que ya somos como el resto de los europeos, no tarda la gran masa en creérselo.
Y esos que dicen conocer tan bien el extranjero a través de un esporádico viaje de fin de semana, cuando regresan, gritan a voz en pecho estar convencidos de que en ningún sitio como aquí, porque también allá tienen sus deficiencias.
Sería absurdo negar que en todas partes hay deficiencias, por lo tanto no vamos a discutir por ello. Sin embargo, se olvidan esos exaltados que, ciegos ante la realidad, donde habría que mirar no es en los cambios de las plazas o jardines, sino en el alma de los ciudadanos. Y en ese aspecto, para encontrar nuestros avances hay que hurgar muy hondo, y aun así...
Porque las críticas que doscientos años atrás hacía Larra sobre el proceder de los españoles, podrían suscribirse también hoy sin cambiar una coma. Y acertaría. Igual que lo que apuntaba Ortega más recientemente, o sea, hace cien años sobre sus compatriotas de la época, también sería válido para los españoles de la actualidad.
Entonces, ¿dónde hemos avanzado?
Somos dados a ensalzar lo que nos gustaría ser, y con unos pocos que repitan un par de veces que ya somos como el resto de los europeos, no tarda la gran masa en creérselo.
Y esos que dicen conocer tan bien el extranjero a través de un esporádico viaje de fin de semana, cuando regresan, gritan a voz en pecho estar convencidos de que en ningún sitio como aquí, porque también allá tienen sus deficiencias.
Sería absurdo negar que en todas partes hay deficiencias, por lo tanto no vamos a discutir por ello. Sin embargo, se olvidan esos exaltados que, ciegos ante la realidad, donde habría que mirar no es en los cambios de las plazas o jardines, sino en el alma de los ciudadanos. Y en ese aspecto, para encontrar nuestros avances hay que hurgar muy hondo, y aun así...
Porque las críticas que doscientos años atrás hacía Larra sobre el proceder de los españoles, podrían suscribirse también hoy sin cambiar una coma. Y acertaría. Igual que lo que apuntaba Ortega más recientemente, o sea, hace cien años sobre sus compatriotas de la época, también sería válido para los españoles de la actualidad.
Entonces, ¿dónde hemos avanzado?
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