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lunes, 6 de marzo de 2017

EMIGRANTES

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Los últimos tramos fueron de gran expectación para el joven. En Lyon, todavía era oscuro cuando partía el tren, y a medida que se acercaban a Ginebra una luz tenue comenzó a marcar siluetas en el paisaje.
Había amanecido. A través de la ventanilla se veían casas, prados, algún que otro bosque, todo envuelto en una neblina y, por la cantidad de verde que adivinaba, el chico supuso que al salir el sol disfrutarían de un paisaje maravilloso.
Pero el sol que esperaba ver muy pronto tardaría algunos días en aparecer, y no sería tan luminoso como el de Valencia. Aunque eso, él no lo sabía todavía.
Lo que sí supo de inmediato fue el frío que hacía en Ginebra. Antes de poner los pies en el suelo, su cuerpo comenzó a tiritar. Lloviznaba, y la ligera brisa que les recibió cortaba como cuchillas. Él no lo comprendía. Dos días antes, el siete de abril, había salido de Valencia con un sol radiante y temperatura casi veraniega.
Los viajeros iban pasando sin mayor dificultad la frontera; pero a él, cuando mostró su pasaporte español, se lo retuvieron y le hicieron esperar en una sala contigua. Allí encontró a tres españoles más en circunstancias parecidas.
En la sala, bien climatizada, dejó de tiritar de frío, pero la incertidumbre seguía haciéndole temblar. ¿Qué era aquello? –se preguntaba. Él traía una carta de la empresa que le garantizaba un puesto de trabajo.
Tras él todavía entraron cuatro españoles más en la sala. Todos se preguntaban lo mismo, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué nos retienen? Y en todos se apreciaba la misma perplejidad. El que más y el que menos temía que allí terminaría el trayecto y comenzaba el regreso.
Nadie les daba una explicación y el recelo no tardó en convertirse en desconfianza.
Una hora más tarde entró una joven en la sala y les pidió que le acompañaran. Cargados con sus maletas, salieron a una gran plaza, y una ráfaga de viento helado les recordó que el invierno seguía allí. ¡Qué fría bofetada les dio en la cara! Su cuerpo volvió a temblar, pero ahora no sabía si era por incertidumbre, por miedo a que no le permitieran seguir el trayecto o por el viento frío que cortaba la respiración.
Llovía con insistencia, y las gotas de agua caían sobre su rostro como alfileres.
El frío y el tiritar desaparecieron nada más entraron en un edificio de despachos al otro extremo de la plaza. La chica les dijo que esperasen en una pequeña sala, y allí, aislados del mundo, sin que nadie se dignara darles una explicación, solo les llegaba el murmullo de apagadas conversaciones y el teclear de las máquinas de escribir.
Es cierto que en la sala se sentían cobijados a resguardo de la lluvia y el frío, pero la incertidumbre seguía martirizando sus conciencias.
Les permitieron salir a tomar un bocadillo. Era medio día, pero negros nubarrones cubrían la ciudad y el ambiente parecía de media noche. El joven, que tenía conocimientos de francés, se defendió y todavía ayudó a alguno de sus compañeros de desventura. Sus comentarios eran de desánimo, casi de derrota. A esas horas ya nadie confiaba en una solución feliz.
Pero no hay mal que cien años dure.
Hacia las tres de la tarde, la misma chica de antes llegó con unos papeles en la mano, preguntó por José Fuster. El joven, con el alma en vilo, esperó el veredicto.
    Le llamo el primero –dijo la joven en un buen español –porque todavía tiene un largo viaje hasta Zúrich.

No prestó atención a los comentarios que vinieron a continuación, era innecesario. Al joven, con el primero era suficiente: le sonó a gloria.

martes, 28 de febrero de 2017

EMIGRANTES

                                                                1 El inicio

Era la época del estraperlo y de los engaños miserables. Se compraba de fiado, y el sábado por la tarde, cuando regresaba el marido con el salario, la mujer se apresuraba a ir al ultramarinos y saldar la cuenta de la semana.
Corrían los años cuarenta.
Antes de cumplir los catorce, el chico comenzó a trabajar en Lámparas Soriano. Quería aprender un oficio, muy bien visto en aquel entonces. Durante un cierto tiempo se mantuvo atractivo, luego se introdujo el trabajo en cadena, y el oficio pasó de interesante a embrutecedor.
Por esa época el joven comenzó a pensar en cambiar de empresa. Pero los amigos decían que era igual en todas partes, y aclaraban que eso era como salir de las llamas para entrar en el fuego.
La indecisión todavía le acompañó unos cuantos años más; luchaba entre arriesgarse a la aventura y no hacer nada. Y aunque no pasaba un solo día sin quejarse de su mala suerte, era más cómodo no hacer nada.
Su frustración pronto encontró al culpable de todos sus males: el gobierno.
De familia republicana, en su casa no oía otra cosa que críticas contra el gobierno. Y contra la iglesia, claro, que para ellos, una y otra cosa era lo mismo.
Tuvo ofertas que le aseguraban algunos beneficios si vestía la camisa azul; las rechazó sin pensárselo dos veces.
Los comentarios que oía en casa le posicionaron desde el inicio en un extremo del semicírculo. Era la doctrina de los que habían perdido, que se impartía a escondidas y entre gente de confianza. Porque, es sabido que los que ganan son los que escriben la historia.
La infelicidad era el estado natural del joven, lo que no impedía que los domingos se juntara con sus amigos y, durante cuatro o cinco horas, entre cine, baile y risas, olvidara las más de sesenta que trabajaba durante la semana.
Las primas y las horas extraordinarias incrementaban considerablemente los ingresos, lo que le permitía tener cuatro pesetas para gastar. Y una ventaja que se añadió al incremento salarial fue tener libre las tardes de los sábados.
Pero el descontento seguía atormentando al infeliz que, obsesionado con dar un giro a su vida, nada le consolaba, hasta el punto que consideró que toda la felicidad del mundo consistía en un cambio.
Aquella ilusión por aprender un oficio había desaparecido. Los primeros tiempos fueron aleccionadores e interesantes, pero después comenzó el declive y la desesperación, y por último, la resignación. Perdida toda esperanza de salir de aquel agujero, se veía condenado a pasar el resto de su vida como un autómata montando las piezas de las lámparas, haciendo siempre lo mismo: un tornillo, otro tornillo. Un tornillo, otro tornillo. Y así hasta el infinito.
Y cuando ya no confiaba que su vida pudiera dar un giro, vino el prodigio. Aunque muy diferente a lo que él pudo imaginar.
 Un amigo con quien compartía las tardes de los domingos, se marchaba a Suiza.
    ¿Por qué no te vienes? 
 Al joven le dio un vuelco el corazón. Se le abrían las puertas, pero el salto le parecía demasiado arriesgado. ¡Tanto tiempo deseándolo, y ahora que lo tenía al alcance de la mano, sentía vértigo!
Fueron unos días de nervios y de noches en vela, pero… tres meses más tarde el tren le llevaba hacia los Pirineos, y su sueño se tornaba realidad.


EMIGRANTES


Emprendió un viaje a lo desconocido y se convirtió en la aventura de su vida.





Salvador Moret

domingo, 30 de noviembre de 2014

SIN POPULISMO por Salvador Moret

Cerca de diez años hacía que Alemania había capitulado cuando José Fuster llegó a Suiza. Pero él no era plenamente consciente del desastre. Como muchos, en esa época.
Gran parte de Europa estaba arrasada, y solo Alemania contabilizaba unos ocho millones de víctimas. Suiza, en cambio, por su neutralidad, mantenía todo su potencial humano e industrial intacto, y tras la contienda pasó a cooperar activamente en la reconstrucción, no solamente de Alemania, sino de los demás países de su entorno. Y así se iniciaba una recuperación que duraría más de cuarenta años de prosperidad constante, y que traería un gran cambio en las formas de vida y de pensar de los pueblos.
José Fuster encontró en Suiza esa sensación de bienestar todavía desconocido en España, lo que sirvió para que las primeras impresiones fueran sorprendentemente halagadoras y muy esperanzadoras.
Pero los rescoldos de la guerra todavía humeaban y en Suiza, pese a su neutralidad, seguía hablándose de la guerra tal cual ellos la habían vivido; del general Guisan todavía se hablaba con mucho entusiasmo. José se acostumbró a ver la fotografía de este personaje en los lugares públicos. Lo consideraban el gran héroe, el defensor de Suiza ante los arrolladores ejércitos de la Wehrmacht.
A José le parecía de cuento. No entendía cómo un país pequeño e insignificante como Suiza presentara cara al gigante teutón. Pero las razones que escuchaba eran moderadamente convincentes. El general Guisan dio muestras de ser un buen estratega cuando dispuso volar las principales vías de comunicación entre Italia y Alemania, el Gran San Bernardo, el San Bernardino y el Gothard, es decir, los pasos entre el norte y el sur de Europa, si Suiza era invadida por los alemanes. Al mismo tiempo se perforaron importantes macizos en las zonas más inaccesibles de los Alpes para habilitar hospitales y espacios para albergar a gran parte de la población a resguardo de los invasores.
Bien es cierto que los comentarios acerca de los hospitales discrepaban entre los mismos suizos, y José Fuster dedujo que probablemente estas historias contendrían más leyenda que realidad. Pero muchos años más tarde, lo que ciertos documentales sacaron a la luz, al contrario de lo que él pensaba, contenían más realidad que leyenda.
La parte oscura de esa época, de la que los suizos hablaban menos, fueron los partidarios de la doctrina nacional socialista alemana, que existían y amenazaban en convertirse en quinta columna. El general Guisan, convencido de los peligros de las tendencias totalitarias, los persiguió y, con algunos fusilamientos, cortó de raíz la propagación del nazismo en suelo helvético.
A José Fuster no le sorprendía la presencia de la fotografía del general Guisan en las instituciones. Estaba acostumbrado a ver la del generalísimo en todas partes, por lo que le parecía normal ver la de este general también a menudo aquí en Suiza. Pero esa visión distorsionaba la realidad: la veneración al personaje, y menos si éste es político, no es la forma de entender lo cotidiano en Suiza, como pronto se percataría. El populismo es rechazado por los suizos por principio.
La reputación del general Guisan era fruto de la época; una época difícil a la que este militar supo poner los medios para que no acabara siendo aciaga, y finalizando los años cincuenta, cuando lentamente se iban apagando los recuerdos de la guerra, las fotografías del general, lentamente, sin manifestaciones ni celebraciones, también fueron sustituyéndose por cuadros acordes con los vientos de bienestar.
El general Guisan pasó a los libros de historia como héroe de una época. Punto.


jueves, 27 de noviembre de 2014

¡QUE SE MOJEN ELLOS! por Salvador Moret

Ismael se quejaba de las dificultades que tenía para llegar a fin de mes.
-        Hace tres o cuatro años todavía me permitía ir al cine los domingos, ya lo sabes, pero últimamente he tenido que prescindir hasta de salir a tomar un café. No sé a dónde vamos a llegar si la vida sigue encareciéndose a este ritmo.
-        Sí, es cierto – convino su amigo Rafael – me pasa lo mismo; hay que reconocer que nos lo están poniendo difícil. Nos bajan los salarios, mientras que los recibos no dejan de subir. Pero, conformémonos, nosotros todavía mantenemos el puesto de trabajo. Otros, ni eso tienen.
-        ¡Oye, eso a mí no me consuela!
-        Pues, debería. Si tú, con un salario, lo estás pasando mal, ¿cómo piensas que lo estarán pasando ellos?
-        La comparación me parece injusta de tu parte, porque me estás tachando de egoísta e insolidario.
-        Nada de eso. Solo intento mostrar que muy frecuentemente nos quejamos sin tener suficientes motivos, porque si pusiéramos atención en lo que nos rodea, probablemente recapacitaríamos y seríamos más comedidos.
-        Lo que tú quieras, pero tus razonamientos a mí ni me consuelan ni me solucionan la precariedad en la que estoy viviendo.
-        ¿Acaso quejarte es una solución?
-        Sí, porque me desahogo. Y a lo mejor, un día encuentro a alguien que me entienda y no solo se limite a darme lecciones de moralidad.
-        Como yo – replicó Rafael.
-        Sí, como tú – respondió Ismael.
Se podría pensar que el diálogo había alcanzado un tono de enfado, pero no era tal. Ellos se conocían muchos años y cada uno sabía cómo pensaba el otro. Por eso los dos preveían el desarrollo de la conversación. No era la primera vez, aunque en esta ocasión, para sorpresa de ambos, el diablo podía depararles una jugarreta.
La conversación siguió su curso en ese tono de impotencia, para ir acercándose cada vez más a la rabieta.
-        Si tan explotado te sientes – apuntaba Rafael ante la pataleta de su amigo – te recomiendo lo siguiente: debes cambiar tu forma de enfocar la cuestión, por tu bien, porque la situación que tenemos no la vas a poder cambiar.
-        ¡Cómo que no puedo cambiar la situación, y tanto que puedo! Todavía tengo facetas que desconoces de mí.
-        ¿Y qué te propones hacer – rio sarcástico Rafael – acaso piensas hacer una revolución por tu cuenta? ¡A las barricadas, que vienen los nuestros!
-        Yo, no, por supuesto que no; pero la pueden hacer los que no tienen trabajo. Motivos tienen, según tú.
-        Ahora te estás saliendo de madre. O sea, tú lo que quieres es que se mojen los otros y tú quedarte a recoger los frutos. Es cierto que no conocía esta faceta de listo que muestras ahora.

-        ¡Hombre, entiéndelo! Alguien tendrá que dirigirles, ¿no? Digo yo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

LA ENTREVISTA por Salvador Moret

-        Y sobre este apasionante tema, tenemos hoy en nuestros estudios al prestigioso profesor Manzano de la Universidad GEMAR, para hablarnos del paso a otra vida. El profesor Manzano es también famoso por sus libros, con títulos como “la muerte dulce”, su última obra, muy solicitada, por cierto, con la décima edición ya en la calle. Buenas noches, profesor, y bienvenido a nuestro programa de la radio más escuchada. ¿He omitido algún título?
-        Sí, dos más, pero no tiene…
-        Perdone usted mi descuido… A ver, sí, me pasan la nota… sí, tiene usted razón, y le pido mil perdones por el desliz. El profesor Manzano es también – ¡cómo habrá sido posible mi olvido! – muy conocido en los círculos de la preparación al paso final, donde es presidente de la asociación “vivir y morir bien”. Pero, díganos profesor: Según sus experiencias, ¿cómo deberíamos enfrentarnos a esa hora final?
-        Después de más de doscientas conferencias en diversas universidades europeas, y escuchar a…
-        Sí, amables oyentes, he de advertirles que el profesor Manzano no solo es una eminencia en nuestro país por sus conocimientos y experiencias sobre el comportamiento del hombre ante situaciones extremas, sino también es reconocido más allá de nuestras fronteras como la máxima autoridad en cuanto al tema que hoy nos ocupa. Y bien que lo refleja el hecho que todos sus libros hayan sido traducidos a más de quince idiomas. ¿Y qué tiene usted que decir, profesor, a este éxito?
-        En mi opinión, el hecho que mis trabajos se hayan traducido a diversos idiomas, es porque el hombre actual…
-        Exactamente, queridos oyentes, lo están ustedes escuchando. El profesor Manzano, presente en nuestros estudios, nos está diciendo que hoy más que nunca, la gente quiere saber qué opina el experto sobre eso que tanto le acucia: cómo enfrentarse a la muerte. Y, díganos, profesor, ¿le parece a usted correcto ese interés de la gente?
-        Naturalmente. Y solo como muestra, dos detalles. El primero…
-        Es prodigioso, el profesor Manzano nos demuestra la sencillez de sus teorías con solo dos detalles, cuando la tendencia general en la actualidad es abrumar a la gente con un montón de suposiciones, hipótesis, conjeturas y toda una serie de especulaciones que lo único que consiguen en confundir al oyente. Pero, no; el profesor Manzano, hoy presente en nuestros estudios para deleite de nuestros oyentes, está respondiendo a un amplio cuestionario que, sin lugar a dudas, aclarará muchas de las preguntas que están en la mente de la mayor parte de ustedes. Porque, dígame, profesor, ¿es cierto que la gente se plantea con asiduidad estas preguntas?
-        Sí, pero habría que especificar que…
-        Es lo que me temía. Ya lo han escuchado ustedes, queridos oyentes. El profesor nos ha dado una gran lección de nuestro comportamiento ante las últimas horas de vida. Y, querido profesor, tenemos que terminar esta interesante charla. Ya sabe, el tiempo, que nos condiciona en la radio. Le agradezco su presencia en mi programa y cuento en volver a verle muy pronto en nuestros estudios de la radio más escuchada. Muchas gracias, profesor Manzano.
-        Muchas gracias a ustedes.

domingo, 2 de noviembre de 2014

¿LA CAÍDA DE LOS MUROS? por Salvador Moret

¿Se acuerdan ustedes las caras de asombro que poníamos allá por los primeros años noventa?
Sí, cuando tras muchos años de incógnitas, dudas y especulaciones acerca de lo que existía más allá del telón de acero, por fin tuvimos acceso a la realidad de lo que allí se había cocinado, y, ¡oh, espanto! Lo que descubrimos nos horrorizó.
Hasta entonces, el mundo occidental estuvo dividido en cuanto a las bondades del comunismo. Unos las ensalzaban, o más justo sería decir que las exageraban, y otros las negaban rotundamente. Cabe advertir que ni unos ni otros tenían motivos para defender sus teorías; hablaban sin conocimiento de causa, más bien guiados por la pasión. Porque las autoridades soviéticas sí que sabían lavar los trapos sucios en casa.
El hecho de haber sido un soviético quien primero saltó al espacio; las medallas que conseguían los atletas de los países comunistas en las competiciones internacionales; los rumores que corrían de lo avanzados que estaban aquellos países – que automáticamente se traducía en qué bien vivían –  todo ello contribuía a tenernos en vilo provocando interminables discusiones a favor y en contra de ese hipotético bienestar, hasta el punto que, incluso los que no creían en el comunismo, y pese a sus feroces discusiones, tenían sus dudas.   
Y cuando se desmoronó el tan vergonzoso y denigrante muro, el mundo comunista sufrió una hecatombe, y su ideología, tambaleante, amenazó desmoronarse con el mismo estruendo que los bloques del denostado muro. Los comunistas más prudentes, los menos, hay que reconocer, se retiraron a sus cuarteles de invierno avergonzados.
Los más, los no tan juiciosos, por aquello que de algo tenían que vivir si querían seguir viviendo sin demasiado esfuerzo, fueron acomodándose bajo otras siglas, y como para éstos la ideología cuenta menos que ir contra lo establecido, como bien ha demostrado el correr del tiempo, siguieron con su labor de emponzoñar y defender lo indefendible.
Ejemplos los hay en abundancia, Corea del Norte, Cuba, Venezuela. Esos paraísos cuyos defensores declaran que son la vanguardia del progreso y bienestar del pueblo, donde no existe el paro, y la sanidad y la educación son servicios gratuitos para todos, pero se olvidan de mencionar que no pueden ir a la tienda porque no hay nada que comprar y, naturalmente, hacen oídos sordos ante las denuncias de los oponentes cuando alegan  que a pesar de tantos beneficios nadie quiere ir a vivir allí. En fin, el dilema de siempre.
Por eso, el día que se desmorone el paralelo 38, o cuando podamos beber un cubalibre, verdaderamente libre, o los venezolanos puedan decir alto y claro lo que piensan – que no lo duden, ese día llegará, simplemente porque no hay nada eterno – y nos enteremos de lo que realmente sucedía entre muros, probablemente nos horroricemos de nuevo, y volvamos a asombrarnos.

Y es que el hombre, muy a menudo, se resiste a creer lo que está viendo. De lo contrario no tendría tanta aceptación los cantos de sirena que nos adormecen los oídos. Tal vez sea por eso que necesitemos llevar siempre encima una punta de lápiz, por corta que sea, porque siempre será más larga que la memoria.